La FIFA se desangra, tiene un
corte difícil de cerrar, un corte en donde no solo mana sangre sino también
apesta a podrido, y deja marcas imborrables. Lo que pasó en la FIFA es (si no
me equivoco) uno de los acontecimientos más tristes que enluta al fútbol
mundial, y embarra el futbol que ahora no solo se juega en las canchas, sino también,
en las oficinas de traje y corbata.
El fútbol mueve dinero, factura millones
e invita a aquel que es “algo” a convertirse en “alguien”. EEUU se convirtió en
un juez, uno implacable dispuesto a derrumbar todo un castillo que se ha
construido en base a lavado de dinero, crimen organizado y fraude
electrónico, donde los obreros (que hasta ahora se conoce) han sido arrestados
cual película de Steven Spielberg, “Nadie se mueva, quedan arrestados señores”.
Es cómico escuchar a Blatter y
ver como ´safa´ cuerpo cual delantero en un mano a mano, difícil de digerir que
el presidente, aquel que maneja toda la esfera del fútbol mundial, no esté
enterado de lo que en casa ocurre, que no escuche las voladas y los fajos que
se mueven bajo la mesa. Hoy va a una reelección en la que seguro saldrá con
sonrisa amplia y caminada firme sabiéndose ganador, pero con los nervios
puestos en el FBI.
“La pelota no se mancha”, dijo el
diego en su despedida, pues ese día llegó, la pelota se manchó, se embarro, se
ensució de la peor mierda que pueda existir en este deporte, y es difícil lavarla.
El balón se tiene que cambiar, por uno limpio, por uno nuevo, uno que se juegue
en cancha y no fuera de ella.

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