El bus de la Selección Peruana
partirá dentro de unos minutos de Arizona; de donde no se podrá ir es de su
desierto. En uno de los estados más calurosos de Norteamérica, el equipo
nacional camina en círculos, pareció encontrar un oasis en medio de la arena y
sólo entró a la que es movediza. En lo más de 40º de Phoenix, fue asfixiada por
el calor de una sombra que ha oscurecido el entorno de la blanquirroja en los
últimos años, y quizás, décadas: la falta de concentración y de reacción física
y mental cuando más se necesitaba de espíritu de competitividad. Al final, se dejó empatar en el marcador y ganar
psicológicamente por un combinado que teníamos a merced en gran parte del
primer tiempo. El no saber liquidar cuando se tenía que, nos puede liquidar a
nosotros si el próximo domingo se dan resultados que, lamentablemente, son tan
predictorios que nos hacen siempre dudar de que en este deporte, todo es
posible.
El partido debió ser una
radiografía de la jugada del primer minuto: un Guerrero diagonalizando, jugando
a espaldas de los centrales y superándolos, encontrando y/o creándose los
espacios para inquietar a Domínguez. El jugador del Flamengo poco pudo hacer en
el compromiso fuera de dicha jugada, careció de liderazgo óptimo para sacar
adelante al conjunto patrio.
Lo cierto es que a falta de
electricidad en esa zona, siempre es bueno contar con un elemento ‘conductor’
para generar química cuando se requiera, y Cueva, tras una gran jugada personal
(vamos, seamos sinceros, lo hace cien veces más y no lo podría explicar ni con
la Play) que incluyó un taco y ‘caño’, venció a la portería de un Ecuador hasta
ese momento, confundido. Luego se le añadiría el adjetivo ‘descompensado’ al
cuadro de Quinteros: malas salidas, pocas ideas en ofensiva y juego de bandas ineficiente
por lo recurrente de tal recurso, hicieron de los norteños un equipo
previsible.
Lo que no era previsible era que
Edison Flórez marcara tendencia para los de baja estatura pero gran corazón.
Ante un central cabeza y media más alto, se dio el lujo de retener, controlar y
disparar para decretar el resultado parcial más peligroso de todos: el 2-0.
La franja roja se imponía a la
azul eléctrica. El juego a ras del piso es lo más valioso que nuestro equipo
puede tener, pues con él imponemos respeto, tradición e historia que juegan y
hablan por sí mismas. Pero al parecer, no es lo único con lo que Perú se debe
excusar para cometer errores en balones aéreos. Mientras el esférico se elevaba
para encontrar el pecho de Enner Valencia y a la postre, la red de Pedro
Gallese, el espíritu de nuestros jugadores decayó considerablemente. Se suponía
que debió haber sido un gol que no afectara anímicamente a una Selección que ha
pasado una y otra y otra vez por el mismo camino de la desesperación, pero la
juventud puede ser tan rebelde como ingenua, y de eso pecó el cuasi juvenil
cuadro de Gareca. No mantener un resultado es trágico, pero es siempre la
consecuencia de no mantener una idea de juego que Perú ya había encontrado.
Tampoco aprovechamos el inicio
del segundo tiempo para revertir la situación. Quienes sí lo hicieron fueron
nuestro país vecino. Montero aprovechó la desatención de 3 jugadores que se
quedaron mirando la jugada que marcando al hombre. Revoredo nunca presionó por
su sector y Tapia dejó la marca de Jefferson, quien tras construir una pared,
centró raso en el área para la aparición de Miller Bolaños, quien sólo tuvo que
empujar el balón a la red, y nuestra ventaja al precipicio.
Ecuador no fue el mismo de la
primera parte. Se acordó de la privilegiada plaza momentánea que ocupa en las
Eliminatorias y potenció su sector más peligroso, el recorrido por Antonio
Valencia. El hombre del Manchester United se ‘comió’ a un Trauco que necesita
de la jerarquía necesaria para cubrir un sector sensible del equipo, y que sólo
la experiencia y los partidos le darán. A partir de ahí vivimos agobiados a la
espera de un contragolpe salvador. Y vaya que los tuvimos. El corazón en la
boca gritaba desconsoladamente cuando Paolo no llegó al cabezazo que empuje el
balón a un arco sin portero y cuando la pelota besaba como amante que sabe que
no volverá a ver a su amada, el poste derecho de Domínguez tras remate de
Ruidíaz que solo necesita minutos continuos en la Selección.
Achillier se abrazaba con su
arquero luego de haber sido expulsado. La reacción pacífica posee la misma
razón que la que nos mantendrá en vilo hasta el domingo, ya que sabía que Haití
podría correr la misma suerte que tuvo ante Brasil, contra la ‘Tricolor’; y que
el cuadro de Dunga espera inmutable a un Perú que, desconcentrado es como
ciervo, pero metido en el juego, es como pantera.
Por ahora, en Phoenix (Fénix, en
español), no hay cenizas de las cuales resurgir, pero por lo menos, es bueno
pensar que sí hubo un fuego que, aún en medio del desierto, fue muy difícil de
apagar.














